Violencia en la Violación. Aspectos dogmáticos y victimológicos (III) | |
De: Myriam Herrera Moreno
Fecha: Junio 2002
Origen: Noticias Jurídicas
Ya se aludió anteriormente al instrumentalismo con que la Victimología crítica describe comúnmente el sentido propio de la sexualidad violatoria.
En efecto, la sexualidad es, en tal concepto, una vía u objetivo mediato. Sin embargo, como también se adelantó, esta opinión, sin embargo, resulta desvalorada por los partidarios de la violación como acto sexualmente finalista. De entre éstos, destacan recientemente, en especial por su audacia especulativa, ciertas teorías de cuño antropológico-evolucionistas, que intentan afianzar empíricamente la hipótesis de la violación como acto de sexualidad natural.
También hay que advertir que, desde las mismas filas victimológicas, se deja sentir, como observaremos, una minoritaria, aunque decidida, contestación por lo que a esta materia compete.
La línea de pensamiento psicológico-evolucionista, antes aludida, rechaza la idea de la violación como constructo social. Para estos autores, la violación no es una conducta socialmente aprendida, contraria a unas normas "naturales" que la desalientan y condenan.
Lejos de ello, el reverso del postulado anterior sería, para estos autores, lo correcto: la violación constituye una conducta de base natural. De hecho, cuanto más cerca del estado natural se halle el individuo, más libre y más proclive a violar se encontrará éste55.
Lo que socialmente se aprende son las premisas de eticidad, que derivan de la estigmatización socio-jurídica a la que esta conducta es tradicionalmente sometida. La tipificación de la violación no comprende sino un reproche moral que inhibe una tendencia sexual inherente al hombre, recanalizando en sentido constructivo y social una innata disposición interior hacia la coerción sexual.
Para hacer justicia a esta visión, hay que advertir que sus partidarios están lejos de toda orientación apologista o excusatoria de la conducta de violación. Afirman, únicamente, que la represión socio-jurídica de la violación no se afianza, como se suele pensar, sobre una base natural, sino que, contrariamente, comporta un reproche sexual, contrario a una fuerte orientación instintiva de la sexualidad masculina. De hecho, según se afirma, el hombre, conforme a esta predisposición, emplea comúnmente diversas estrategias de coerción sexual, dentro del margen socialmente admisible.
Esta tendencia innata responde, en opinión de los autores, a las peculiaridades del psiquismo masculino, en virtud de ciertos rasgos evolucionarios en el mismo impresos. Se trataría, bien de una directa adaptación psicológica orientada específicamente hacia la violación, o bien, en todo caso, un efecto adaptativo lateral derivado de una adaptación general, no específicamente sexual: la orientación adaptativa del comportamiento global masculino hacia la obtención de sus metas y recompensas materiales a través del ejercicio de la violencia.
La adaptación se entiende como determinación de expresos rasgos fenotípicos complejamente organizados en torno a la solución de un concreto problema ambiental en la historia evolucionaria humana56.
Toda vez que los problemas ambientales encarados por la mujer difieren de los que afectan al hombre, la sexualidad femenina no se ha orientado selectivamente a la coerción sexual.
Para exlicar lo que los autores califican de estructura sexual dimórfica o distinta configuración evolutiva de la sexualidad de hombre y mujer, se avanza la teoría del coste reproductivo diferencial, basada en el distinto coste en esfuerzos reproductivos que hombre y mujer han de invertir una vez se implican en un acto sexual.
Para el hombre, la relación sexual requiere una mínima inversión de esfuerzos reproductivos, que se agotan en unidad de acto, con la estimulación, copulación y eyaculación. Para la mujer, la relación sexual exigirá de ella un extenso e intenso esfuerzo reproductor, a todo lo largo de los meses de gestación y lactancia.
Tal diferencia inversora sería responsable de que el varón tuviera un deseo sexual mucho más intenso que la mujer. Como ésta sólo puede quedar fecundada un limitado número de veces, tenderá a un mayor desinterés sexual, por lo que su sexualidad será más discriminativa y evaluativa de la capacidad providente del candidato.
Así, la adaptación hacia la conducta violatoria masculina se produciría por un desfase entre hombres con un apremiante interés sexual y mujeres remisas a implicarse sexualmente de modo espontáneo57.
Los varones habrían de competir para resultar sexualmente electos. Los no seleccionados o rechazados como compañeros (en virtud de su escasa capacidad providente) recurrirán a estrategias coercitivas, para su satisfacción sexual.
Así pues, se habrá producido una adaptación en la sexualidad masculina hacia una conducta sexual violenta e impositiva. No se trataría tan sólo de que la disponibilidad sexual de la mujer les resulte fisiológicamente indiferente, sino que, más aún, la renuencia opositiva de ésta, sea o no su pareja, actuará como intenso acicate sexual.
La base adaptativa de esta teoría no se prueba, sin embargo, a satisfacción, en cuanto no se explican los beneficios prácticos aparejados por la adopción de la conducta violatoria como modelo sexual básico.
No se clarifican, así, las inciertas ventajas de especie que podría comportar una optimización del potencial reproductivo masculino por encima de las posibilidades supervivenciales de la prole generada en tales condiciones. Ciertamente, la selección natural en poco habría contribuido a la supervivencia de la especie humana, forzando la conducta sexual natural del varón hacia la adopción constitutiva de formas tan indiscriminadas, azarosas e irresponsables de interrelación reproductiva.
La creencia en que la selección natural tiende irresistible y ciegamente a acrecentar la demografía, por encima de cualquier otra consideración ambiental, no se compadece con los imperativos de supervivencia de especie que están en la base de la dinámica adaptativa. En realidad, la selección natural obra de modo que se favorezca la máxima "eficacia biológica" en un individuo y sus descendientes.
Pero la eficacia biológica no necesariamente se relaciona con una mayor extensión de su potencial reproductivo, sino con la promoción generativa en las condiciones más favorables para la mejora y resistencia de la especie58. La prole engendrada mediante violación será, no sólo renuente, sino difícilmente sustentada, en tanto constituye un lastre para la supervivencia de una madre desasistida de compañero abastecedor.
La idea de una natural adaptación hacia toda conducta de maximización reproductiva se cuestiona, en primer lugar, por la comprobación de un intenso sometimiento a tabú de las conductas violatorias59.
El tabú, en la sociedad primitiva, es la forma más radical de estigmatización, la cual, de modo indefectible, tiende a recalificar como antisociales opciones selectivamente desaconsejables. En efecto, el incierto destino de la prole así generada parece cumplimentar el requisito de inoportunidad ambiental o natural inherente a la conducta tabuada.
Además, ciertas prácticas de control demográfico, apreciables en la mayoría de las sociedades ancestrales, como las del infanticidio femenino o la victimización sacrificial de mujeres núbiles, contribuían selectivamente a mantener las tasas de población proporcionadas a los recursos existentes: no sólo se negaba socialmente el amparo de la excedental natalidad violatoria, sino que, además, se sometía a control selectivo incluso a cierta porción de la prole concebida consensualmente60.
Como se comprueba, la sociedad habría orientado sus normas en un sentido acorde con los imperativos de supervivencia de especie, que se satisfacían a través de un desarrollo demográfico ponderado.
Pero la evidencia más contraria a la violación como modelo de sexualidad básica, es la comprobación de la común conformación de parejas sexuales, al menos periódicamente estables, en las que hombre y mujer intercambiaban utilidades sociales, sexuales y reproductivas. Sólo los candidatos naturalmente inidóneos para el sostenimiento de esta unidad familiar, se verían abocados a la violación, pero, como su prole difícilmente podría sobrevivir, la criba natural reduciría dramáticamente el número de potenciales violadores.
Es curioso, sin embargo, que, para esta teoría, la tendencia a la estabilización de parejas sexuales no habría disuadido la orientación natural del varón hacia la coerción sexual, aunque dicho emparejamiento asegurara a éste una fácil satisfacción de sus apremios sexuales sin necesidad de recurso a la violencia. A pesar de esto, los autores insisten en que la violación sería la conducta sexual de base, tanto de los candidatos rechazados como de los aceptados por una compañera61.
Así lo explican los autores: cuando la provisión de recursos materiales no sea suficientemente satisfecha por el varón, el acceso sexual le será denegado progresivamente por su compañera, hasta, en su caso, una definitiva substitución por un proveedor más apto.
Por lo tanto, cualquier renuencia de la mujer al acto sexual será interpretada por su compañero como signo de efectiva infidelidad. El hombre se sentirá inseguro de su paternidad y tenderá naturalmente a afianzarla, entrando en "competencia eyaculativa" con el supuesto o simbólico rival. Por eso mismo, la resistencia femenina servirá de estímulo sexual reforzador, justificando activamente la orientación adaptativa masculina hacia la coerción, tambien en el seno de la pareja62.
Sin embargo, no puede comprenderse cómo este hombre, en supuestas "vías de adaptación", ha de interpretar sistemáticamente como infidelidad toda renuencia femenina al acto sexual, y menos si, como sostienen los autores, el interés sexual femenino es sistemáticamente poco apremiante. Sólo en situaciones de crisis se entendería dicha interpretación masculina, es decir, en situaciones de insuficiente abastecimiento por parte del compañero-proveedor.
Así pues, en una la dinámica de normalidad, la oposición femenina no habría de enervar o estimular competitivamente al varón. Y, desde luego, no existe evidencia bastante de que las situaciones de crisis material hayan podido generar una adaptación global de la sexualidad masculina en el seno de la pareja.
No hay que olvidar que la capacidad para agradar sexualmente a la compañera forma parte de las "habilidades" o "dotaciones" que refuerzan el narcisismo sexual masculino en la mayoría de las culturas. Y no sólo el narcisismo: en numerosas parejas, la estimulación y la gratificación sexual de la mujer actúan como notable estímulo sexual para el compañero. De hecho, la propia existencia de capacidad de complacencia sexual en la mujer, rasgo diferencial respecto de las hembras de otras especies, obedece adaptativamente, en una verosímil opinión antropológica, a una reiterada selección de varones ancestrales con preferencia por las compañeras sexualmente receptivas63.
Como se evidencia, las precedentes observaciones no concuerdan ni se compadecen, precisamente, con la teoría de la atracción masculina por la violencia sexual, también en el seno de la pareja.
De hecho, aunque exista, en determinados varones, una profunda indiferencia por la efectiva disponibilidad sexual de la compañera, ello no puede valer tanto como para afirmar que la coerción sexual sea gratificante para el hombre, y que la resistencia femenina opere como intenso acicate sexual.
Los autores, no obstante, quieren apoyar sus teorías en una serie de experimentos de laboratorio, en los cuales grupos de violadores y no violadores parecen evidenciar, indistintamente, un especial y comprometedor nivel de excitación ante imágenes de violencia sexual64.
El hecho de que las imágenes de violencia no sexual contra la mujer no parezca estimular mayormente a los experimentados, precisamente, se esgrime como prueba de que la sexualidad y no la violencia, es el componente básico de esta conducta.
A estos experimentos cabe, sin embargo, contraponer otras investigaciones experimentales que arrojaron resultados de signo opuesto: el grupo experimental de no violadores en absoluto evidenció signos de excitación alguna ante imágenes y relatos de sexo coercido65.
Sin embargo, investigar si determinadas historias o imágenes de sexo coercido estimulan orgánicamente o no a un grupo experimental no parece susceptible de arrojar resultados decisorios en torno al postulado de la sexualidad coercida como modelo sexual adaptativo. En todo caso, la realidad tiene condicionamientos e implicaciones que no afectan al plano de la fantasía: todos aquellos que disfrutan con una película sobre el atraco a un banco no son más ladrones en potencia que aquellos que gozan con el melodrama.
Por otra parte, el que la violencia per se no resulte sexualmente estimulante no contradice, sino abona el valor de la violación como acto pseudosexual. Este no asigna a la violencia un papel de estímulo sexual, sino, lo que es bien distinto, anímico y motivacional. Un varón es susceptible de acusar recibo sexual de numerosos estímulos, pero, por fuerte que sea su respuesta, sólo una dolosa disposición anímica le determinará a violar. Y esta disposición, ciertamente, no es de base sexual.
El deseo del varón de determinar con rigurosa certidumbre su filiación no es en absoluto una cuestión ambiental, o un problema natural cuya resolución haya requerido una resolución adaptativa. De hecho, tal interés "de especie" no se deja sentir en las sociedades matrilineales66.
Se trata, en definitiva, de una necesidad socialmente sentida por el género masculino en determinadas sociedades. La respuesta a esta aspiración no será, pues, ambiental y natural, sino social: la patrimonialización de la mujer. La mujer será concebida como propiedad o mercancía. Esto ocurrirá con más radicalidad y facilidad en las sociedades de economía ganadera, como se comprueba entre los nómadas semitas (la agricultura, ligada a la fertilidad, se asociaba con frecuencia a la figura femenina, y en estas sociedades la influencia de la mujer era mayor)67.
La mujer se convierte en bien de intercambio y consumo, en propiedad, cuya exclusividad de uso será rigurosamente custodiada si se desea engendrar hijos en ella. La existencia de grados de coerción sexual, fuera o dentro de la pareja, responde más a razones de subyugación jerárquica (una de cuyas bases, aunque no la exclusiva, sea, seguramente, el interés social de delimitar indubitadamente la filiación paterna) que a razones puramente libidinales.
Así, hay una radical divergencia de concepto entre las teorías sociales y las tesis adaptacionistas. Para éstas, la violación es un acto de sexualidad natural, al que constitutivamente se siente llamado todo hombre, y en el que todo hombre incurrirá probablemente en la medida en que no sea verosímil su detección social o la merma de su reputación moral.
Como consecuencia de esta adaptación ancestral, el hombre violará cuando procese determinada información ambiental de la misma manera y en idéntico sentido en que los hombres ancestrales interpretaban tales datos: como indicación de oportunidad violatoria.
Sólo la "necesidad de exhibir una conducta moral" puede, conforme a la teoría adaptacionista, disuadir al hombre en cuanto violador potencial. Las implicaciones de Política criminal son evidentes. Penas extremas (moralización social), inexistentes tratamientos psicológicos rehabilitadores (¿cómo rehabilitar a un hombre que únicamente se ha comportado conforme a su estructura psíquica?), junto con la convicción programática de que sólo puede prevenirse el delito a partir de la eliminación de las situaciones de vulnerabilidad victimal, representan pretendidos recursos que así lo acreditan. Muy singularmente, el último de los citados hace descansar las bases del control social en la limitación del albedrío de las víctimas potenciales, y abre paso a la víctimo-incriminación de las víctimas efectivas.
El principio dogmático de la autoresponsabilidad y del deber de cuidado ciudadano opera exacerbadamente sobre la base de esta concepción: los hombres actuarán siempre conforme a sus instintos; la culpa habrá de recaer ineludiblemente sobre la mujer que así se ha expuesto.
Ciertamente, las sociedades moralmente restrictivas dan pie a menores situaciones de riesgo victimal y de criminalidad sexual. Así, en relación con cierta desafortunada Sentencia, se ha apuntado ingeniosamente que tal vez las monjas de clausura estén más resguardadas de ataques sexuales que las jóvenes que acuden a discotecas, pero no por eso la Política preventiva ideal fomentará una sociedad que adopte dimensiones conventuales o carcelarias para las potenciales víctimas68.
55 Vid. una clara exposición de las investigaciones de sobre la idea de adaptación sexual violatoria en Randy Thornhill / Nancy Wimsen Thornhill, "The evolucionary Psycology of Men's coercive Sexuality, en Behavioral and Brain Sciences, 13, Cambridge University Press, 1992, págs. 363-421, documentación aportada en el "Curso sobre evaluación e intervención psicológica con víctimas", organizado por la Comisión de Psicología Jurídica, Sevilla, 4-19 de marzo de 1994.
56 Cfr. Randy Thornhill / Nancy Wimsen Thornhill, "The evolucionary Psycology of Men's coercive Sexuality, en Behavioral and Brain Sciences, 13, Cambridge University Press, 1992, págs. 363-421.
57 Vid. Randy Thornhill / Nancy Wimsen Thornhill, "The evolucionary Psycology of Men's coercive Sexuality, en Behavioral and Brain Sciences, 13, Cambridge University Press, 1992, págs. 365 y sig.
58 Vid. Marvin Harris, Antropología Cultural, Alianza Editorial, Madrid, 1990, pág. 42.
59 El tabú es, más propiamente, un refrendo social de una resolución naturalmente aconsejable en términos económicos o prácticos, tal como revela la Antropología Cultural Materialista. Vid., por ejemplo, interesantes reflexiones sobre el verdadero sentido supervivencial del tabú y los motivos de su válida conculcación en Marvin Harris, Caníbales y reyes: los orígenes de las culturas, Alianza Editorial Madrid, 1989.
60 Vid. Marvin Harris, Antropología Cultural, Alianza Editorial, Madrid, 1990, esp. págs. 151-174.
61 Hay que advertir, además, que la imagen popular del hombre primitivo, apoderándose por la fuerza de una compañera, a la que arrastra por el empleo de la violencia a su caverna, no se compadece con la imagen antropológica más verosímil. Ciertamente, la Antropología no comparte hoy plenamente la utopía, creada por Bachoffen y sostenida modernamente por Graves, de una sociedad matriarcal como cultura de base de toda la humanidad, pero sí se admite, sin reservas, el hecho de que en las tribus ancestrales, la mujer gozaba de un predicamento y respeto, social y religioso, indiscutible, y que su concurso, en diversas materias socialmente relevantes, no era ni mucho menos tan sistemáticamente desvalorado como parece desprenderse del estereotipo de "sexualidad cavernícola".
62 Vid. Randy Thornhill / Nancy Wimsen Thornhill, "The evolucionary Psycology of Men's coercive Sexuality, en Behavioral and Brain Sciences, 13, Cambridge University Press, 1992, pág. 374.
63 Tal como aventura la última antropología sexual. Sobre el origen evolutivo del abandono del estro en la mujer y la dotación femenina de capacidad sexual-satisfactiva, consúltese el estudio antropológico de Ellen E. Fisher, Anatomy of Love. The Natural History of Monogamy, Adultery and Divorce, W. Norton & Company, New York, 1992.
64 Vid. Randy Thornhill / Nancy Wimsen Thornhill, "The evolucionary Psycology of Men's coercive Sexuality, en Behavioral and Brain Sciences, 13, Cambridge University Press, 1992, págs. 369 y sigs.
65 Así, los experimentos de Abel (1977), Barbaree, Marshall y Lanthier (1979). Vid. William H. Masters / Virginia E. Johnson / Robert C. Kolodny, La sexualidad humana. Personalidad y conducta sexual, Ed. Grijalbo, Barcelona, 1988, pág. 530.
66 Toda la obra de antropológica y mítico-interpretativa de Robert Graves gravita en torno al surgimiento de la sociedad actual como reacción patrilineal contra los usos matriarcales de una antigua cultura de base universal: La Diosa Blanca, Alianza Editorial, Madrid, 1983. En la actualidad, la Antropología no anima unánimemente este enfoque, pero, en especial desde las investigaciones de Margaret Mead, sí defiende enérgicamente que "la anatomía no es el destino", y que las diferencias intra y extra-culturales verificadas sexualmente (pues ni todos los hombres de una sociedad violan o coercen, ni en todas las sociedades el control o la explotación de la mujer adopta formas sexualmente vejatorias). Vid. Marvin Harris, Antropología Cultural, Alianza Editorial, Madrid, 1990, pág. 517.
67 Se comprueba, de hecho, que las sociedades matrilineales promueven situaciones genéricas más igualitarias junto con una mayor influencia política de la mujer. Vid. Marvin Harris, Antropología Cultural, Alianza Editorial, Madrid, 1990, pág. 521.
68 Vid. Gerardo Landrove Díaz, "La víctima y el Juez", en Victimología, VIII Curso de Verano de San Sebastián, Servicio Editorial Universidad del País Vasco, San Sebastián, 1990, pág. 193.
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