Artículos Doctrinales: Derecho Penal

Violencia en la Violación. Aspectos dogmáticos y victimológicos (VI)


De: Myriam Herrera Moreno
Fecha: Junio 2002
Origen: Noticias Jurídicas

Sumario

    Prólogo

  1. La violación como esencial acto de criminalidad violenta
  2. La violación como conducta adaptada, según las orientaciones de base antropológica
  3. Crítica intra-victimológica al concepto de violación como acto de motivación hostil
  4. La relatividad victimogenésica a la luz de las distintas teorías etiológicas del delito de violación
  5. La condición del victimario como valor diferencial, común o radical, en las diversas teorías etiológicas sobre la violación
  6. La violencia consubstancial a la violación como índice de victimidad efectiva
  7. La problemática del bien jurídico protegido en la criminalidad sexual violenta
  8. Bibliografía

V. La condición del victimario como valor diferencial, común o radical, en las diversas teorías etiológicas sobre la violación

La condición del victimario se presta a lecturas muy contrapuestas, a tenor de aquella teoría a cuya luz pretenda singularmente interpretarse al acción delitiva.

Ciertamente, las tesis psicoanalíticas del substrato aversivo común parecerían avalar la hipótesis de que el violador es un individuo normal. Sin embargo, no es ésta la común opinión formulada en tal ámbito.

La tendencia al menosprecio de la mujer, como nivelación psíquica de angustia e inseguridad, no tiene porqué exteriorizarse en todo hombre de forma apreciable; no puede afirmarse, así, que la ansiedad misógena constituya característica distintiva de la relación masculina con el sexo opuesto.

Muy al contrario, cuando tal aversión, eventualmente, "aparece con intensidad notable en el curso de un análisis, se trata invariablemente de un hombre cuya actitud global hacia las mujeres muestra un sesgo profundamente neurótico"81.

Tal es lo que se verifica, entonces, en el caso del violador. Se trataría de un hombre, no sólo cuantitativa, sino cualitativamente, distinto de sus congéneres, en tanto aquejado de un intenso neuroticismo. Habría que valorarlo, así, como individuo mentalmente trastornado, cuya anómala condición psíquica le lleva al punto de acusar de forma más aguzada y sensible una inquietud que la mayoría de los hombres neutralizan eficazmente, o, cuando menos, exteriorizan en formas socialmente toleradas.

Para las tesis adaptativas radicalmente sexualistas, no hay diferencia psicológica entre la sexualidad del violador y la del no violador. Todo hombre está selectivamente convocado a la violación, y sólo una necesidad de prestigio social inhibe su destino natural. El hombre violará mientras le sea posible compatibilizar su conducta con una apariencia moral82.

Por ello, son los marginados o los seres de baja estracción social los más proclives a violar: están más cerca del estado natural anómico que posibilita la violación sin menoscabo del prestigio moral. Los individuos socialmente inferiores serán más proclives a violar, no sólo a sus parejas, sino que, además, como candidatos poco elegibles por una compañera, en tanto social y económicamente inatractivos, se verán frecuentemente impulsados a violar como única opción sexual a su alcance.

El hecho de que todo hombre sea un violador prospectivo no es una hipótesis que la mayoría de los hombres o mujeres estén dispuestos a admitir. Pero el que su formulación sea, por lo común, desestimada con energía, en cuanto socialmente ofensiva o escandalosa, no anula la palpable hipocresía que implica negar una premisa pero no descalificar abiertamente su más directa y lógica consecuencia.

Si se rechaza escandalizadamente que el hombre sea un genérico animal violatorio, iguales bríos habrían de aplicarse al rechazo genérico del instinto sexual como pulsión criminal subyugante, irresistible y enervadora de los imperativos éticos naturales.

Por otra parte, la lectura de la violación como fenómeno propio de grupos sociales inferiores (compartido por Amir, como sabemos) no procede sino de un trasnochado y despectivo clasismo de raigambre criminológico-positivista. La idea de que los miembros de sociedades de baja estracción no poseen código ético, ni imagen moral que proteger, aparte de injuriosa, parece altamente desmentida por la reprobación general a que se hacen objeto los violadores y pedófilos en las sociedades carcelarias.

El que una parte considerable de los violadores aprehendidos proceda de estracciones sociales inferiores no hace a la violación fenómeno de subculturas.

No es una falta de internalización cultural de normas la verdadera responsable de la aparente concentración social del fenómeno, sino un cúmulo de circunstancias en las que cabe señalar, entre otras concausas de incidencia, la propia arquitectura y la configuración victimogenésica de determinados barrios marginales, mal iluminados, faltos de vigilancia formal, y conflictivos en sí mismos, más por su precario nivel de vida, que por una supuesta anomia ética.

Por otra parte, es verosímil la posibilidad de que la cifra de victimidad sexual oculta afecte particularmente a víctimas de clase social alta o media-alta, en especial por lo que hace a la violación entre conocidos, modalidad a la que, por estilo y condiciones de vida, están más expuestas.

En las investigaciones victimológicas realizadas hasta la hora en el ámbito de los Estados Unidos, comienza a "descubrirse", a través de encuestas de victimización, el "verdadero rostro" de la victimidad sexual oculta.

Se evidencia, así, una sorprendente incidencia de conductas silenciadas de violación, en áreas como los campus universitarios o el seno de las familias, en modalidades socialmente indiscriminadas, como la violación de cita o la coerción sexual matrimonial, y, en ocasiones, tan poco marginales como las despedidas de soltero o las reuniones de exaltación deportiva.

Los grupos sociales de menor status no son en absoluto anómicos en sentido ético o social, ni están más cerca de un supuesto ambiente natural donde la violación sea una conducta libre y sustraída a toda reserva moral. El que los violadores estén a resguardo de autoreproche o angustia culpable no es, ni mucho menos, caso general o frecuente, y de hecho, su escasa verificación será objeto de un posterior análisis.

Por último, las teorías sociológicas mantienen que la violación puede entenderse mejor si se explica como la manifestación más extrema de un comportamiento continuo, presente con frecuencia en las relaciones intergenéricas. Los violadores no serían en absoluto seres socialmente desviados, sino individuos que maximizan los niveles formal y socialmente tolerados a la agresividad sexual masculina. En la medida en que, a veces, el alcance de esta tolerancia social es considerable, se ha llegado a hablar de la normalidad psicológica y social del violador83.

En tal concepto, hablar del violador como ser normal equivale a negarlo como individuo mentalmente diferencial, aquejado por un cualificador trastorno psicológico. En sentido sentido social, la "normalidad" -término que, sin embargo, no cuadra óptimamente en este contexto- viene a significar que el violador no es un desviado de la línea social predominante, sino un radical, un exaltado y, ciertamente, un terrorista, en su sentido más propio.

A tenor de esta última concepción, todo individuo podrá violar en tanto haya internizado máximamente, y sin reflexión neutralizadora posterior, determinadas pautas educativas que apuntan hacia un pretendido derecho del hombre a prevalerse, como superior, de la mujer.

La orientación social que alienta esta asunción no anula de ningún modo la influencia de las normas formales que se apoyan en una orientación contradictoria -el respeto a todo ser humano, la garantía de su libertad y autodeterminación- pero sí van a operar como oportunos fondos sociales de autolegitimación.

Lo dicho en relación con la normalidad de base, como propia del violador común -si es que tal figura media existe, en efecto- no será, lógicamente, transferible al porcentaje de los casos de violación en que el sujeto activo evidencia una personalidad antisocial de origen psicopático.

Notas

81 Horney, Karen, Psicología femenina, Alianza Editorial, Madrid, 1990, pág. 163.

82 Vid. Randy Thornhill / Nancy Wimsen Thornhill, "The evolucionary Psycology of Men's coercive Sexuality, en Behavioral and Brain Sciences, 13, Cambridge University Press, 1992, pág. 374.

83 Cfr. Nanette J. Davis / Karlene Faith, "Las mujeres y el Estado: modelos de control social en transformación", en Mujeres, Derecho penal y Criminologìa, Siglo Veintiuno de España Editores S.A., Madrid, 1994, pág. 119.

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